Evangelio del Día

 

LECTURA BÍBLICA DEL 10 DE ENERO DEL 2009

Jn 3, 22-30.
         
          Después de esto, Jesús se fue con sus discípulos a Judea. Allí estuvo algún tiempo junto con ellos y comenzó a bautizar. Juan también bautizaba en Enon, cerca de Salim, porque allí había mucha agua; la gente venía y se hacía bautizar. Era el tiempo en que Juan todavía no había sido encarcelado.
         De ahí vino que los discípulos de Juan discutieran un día con un judío acerca del bautismo. Fueron donde Juan y le dijeron: "Maestro, ese que estaba contigo al otro lado del Jordán, y en cuyo favor hablaste, se ha puesto también a bautizar, y todos van donde él".
         Juan respondió: "Nadie puede atribuirse nada, sino lo que le haya sido dado por Dios. Ustedes mismos saben muy bien que yo dije: Yo no soy el Mesías, sino que me mandaron delante de él.
         Alguien tiene la novia y es el novio, pero el padrino del novio está a su lado y se alegra con sólo oír la voz del novio. Por eso mi alegría es perfecta: es necesario que él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 22-30).
      El amigo del novio. En este último día del tiempo litúrgico de Navidad escuchamos, como primera lectura, la conclusión añadida a la primera carta de san Juan, que habíamos comenzado el día 27 de Diciembre. En este epílogo se habla de la eficacia de la oración hecha conforme a la voluntad divina; oración especialmente por los que "cometen pecado que no es de muerte". No se trata de la distinción entre pecado mortal y venial. De acuerdo con otros lugares neotestamentarios, sabemos que hay "un pecado de muerte", de gravedad excepcional, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo, el pecado contra la verdad. El autor de la carta menciona aquí también "un pecado que es de muerte", refiriéndose probablemente a la apostasía de los "anticristos", a los que ha aludido anteriormente.
           En la lectura evangélica tenemos el último testimonio del Bautista, antes de ser encarcelado por Herodes, sobre el Mesías Jesús que él ha anunciado. La misión del precursor, se dice en el prólogo al cuarto evangelio, era dar testimonio de Jesús. Repetidas veces lo hizo en su vida ante todo el mundo, incluidos sus propios discípulos. Y ahora, cuando la figura de Cristo va afianzándose en el pueblo, el Bautista sale al paso de posibles envidias entre sus seguidores respecto del rabí de Nazaret.
(Ver detalle)
 

 

LECTURA BÍBLICA DEL 09 DE ENERO DEL 2009

Lc 5, 12-16
         
           Estando Jesús en una de esas ciudades, se presentó un hombre cubierto de lepra. Apenas vio a Jesús, se postró con la cara en tierra y le hizo esta súplica: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda limpio". Al instante sanó de la lepra. Pero Jesús le mandó que no lo dijera a nadie: "Anda más bien a presentarte al sacerdote, y lleva la ofrenda tal como lo mandó Moisés cuando un leproso sana. Así comprobarán lo sucedido".
          Su fama crecía más y más y muchas personas acudían a oírlo, y para que los sanara de sus enfermedades. Pero él buscaba siempre lugares tranquilos y allí se ponía a orar (Lc 5, 12-16).
 
                 La victoria sobre el mal del mundo. "¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" "Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe”. Se trata de la victoria sobre el mal del mundo, enemigo de Dios, sobre todo lo que el mundo tiene de injusto, egoísta, insolidario y violento; de todo lo que viola la dignidad humana, fomentando la opresión, la explotación y la marginación; en una palabra, de todo lo que, siendo pecado, se opone a la voluntad salvadora de Dios sobre el hombre y la creación.
                Esta consigna victoriosa es un eco de las palabras de despedida de Jesús: "No temáis, yo he vencido al mundo". Frente a la corrupción y decadencia moral y religiosa de la sociedad greco-romana, los cristianos de la primera Iglesia pudieron comprobar esta fuerza victoriosa de la fe en Cristo. Triunfo de la fe cristiana que se actualiza en todo tiempo y que, gracias al Espíritu de Cristo resucitado, es posible también en nuestro mundo de hoy, tanto en la vida personal del creyente como en la proyección social de una comunidad eclesial comprometida en la liberación humana. Contrarrestando los efectos del pecado del mundo que ignora a Dios, y para acelerar la venida del Reino, entran en acción la fe y el amor, que son frutos del Espíritu.
                Porque en el Jordán había corrido el agua sobre el Hijo de Dios como una fuente nueva; en ella se había sumergido él, tomando ya sobre sí la carga de los hombres. Más tarde sustituirá el agua de las purificaciones rituales por el vino de la alianza, esperando la hora en que su carne y su sangre habían de ser el sacramento de esta alianza con todos los hombres. S
(Ver detalle)
Lecturas de todos los días