LECTURA BÍBLICA DEL 27 DE FEBRERO

Lo que nos dice el Evangelio es que ella sintió sed de esa Agua Viva, que la pidió y la recibió de manos de Jesús, que esa Agua la purificó, le hizo descubrir su vida, le limpió el corazón y descubrió en Cristo el agua verdadera para su sed de mujer.

Jn 4, 5-42

Llegó a un pueblo llamado Sicar, en la tierra que el patriarca Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob.

Jesús, cansado por la caminata se sentó, sin más, al borde del pozo. Era cerca del mediodía. Una mujer samaritana llegó para sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".

En ese momento se habían ido sus discípulos al pueblo a hacer compras. La samaritana le dijo: "¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?" (Hay que saber que los judíos no se comunican con los samaritanos).

Jesús le contestó:

"¡Si tú conocieras el Don de Dios! Si tú supieras quién es el que te pide de beber, tú misma me pedirías a mí. Y yo te daría agua viva". La mujer le dijo: "Señor, no tienes con qué sacar agua y este pozo es profundo. ¿Dónde vas a conseguir esa agua viva? Eres más poderoso que nuestro antepasado Jacob, que nos dio este pozo del cual bebió él, su familia y sus animales?".

Jesús le contestó:

"El que beba de esta agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed. El agua que yo le daré se hará en él manantial de agua que brotará para vida eterna".

La mujer le dijo: "Señor, dame de esa agua, para que no sufra más sed, ni tenga que volver aquí a sacarla".

Jesús le dijo: "Anda a buscar a tu marido y vuelve acá". La mujer contestó: "No tengo marido". Jesús le dijo: "Es verdad lo que dices que no tienes marido, has tenido cinco maridos, y el que tienes ahora no es tu marido." "Señor, contestó la mujer, veo que eres profeta. Nuestros padres siempre vinieron a este cerro para adorar a Dios, y ustedes los judíos, ¿No dicen que Jerusalén es el único lugar para adorar a Dios?".

Jesús le dijo:

"Créeme, mujer: la hora ha llegado para ustedes de adorar al Padre. Pero no será en este cerro, ni tampoco en Jerusalén.

Ustedes, samaritanos, adoran lo que no conocen, mientras que nosotros, los judíos, conocemos lo que adoramos: porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Son esos adoradores a los que busca el Padre.

Dios es espíritu; por tanto, los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad".

La mujer contestó: "Yo sé que el Cristo está por venir. Él, al llegar, nos enseñará todo". Jesús le dijo: "Ese soy yo, el que habla contigo".

En ese preciso momento llegaron los discípulos y se admiraron al verlo hablar con una samaritana. Pero ninguno le preguntó para qué, ni porqué hablaba con ella. La mujer dejó allí el cántaro y corrió al pueblo a decir a la gente: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho. ¿No será éste el Cristo?" Salieron entonces del pueblo y fueron a verlo.

Mientras tanto los discípulos le decían: "Maestro, come". Pero él les contestó: "Tengo un alimento que ustedes no conocen". Y se preguntaban si alguien le habría traído de comer.

Jesús les dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra. ¿No dicen ustedes: Faltan cuatro meses para la cosecha? Pues bien, yo les digo: Levanten la vista y vean cómo los campos están amarillentos para la siega.

Ya el segador recibe su paga y junta frutos para la Vida Eterna; de modo que también el sembrador participe en la alegría del segador. Y se verifica el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Pues yo los he enviado a cosechar donde otros han trabajado. Otros han sufrido y ustedes se hacen cargo del fruto de sus sudores".

En este pueblo muchos samaritanos creyeron en él por las palabras de la mujer que decía: "El me descubrió todo lo que yo había hecho". Vinieron donde él y le pidieron que se quedara con ellos. Y se estuvo allí dos días. Fueron muchos más los que creyeron en él al oír su palabra, y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú contaste. Nosotros mismos lo hemos oído y estamos convencidos de que éste es verdaderamente el Salvador del mundo". (Jn 4, 5-42)

 

Toda una historia de salvación, todo un misterio de amor de Dios al hombre, se actualiza y se realiza por este signo del agua que es purificación y muerte, resurrección y vida, principio y meta de la vida cristiana.

En el Evangelio vemos como Dios se acerca al hombre como un mendigo necesitado, como el hambriento que necesita nuestro pan, como el sediento que necesita nuestra agua, para que, más tarde, descubramos y sintamos la necesidad de su pan y de su agua para saciar nuestra hambre y sed de eternidad.

No es el hombre el que se acerca a Dios, es Dios el que se acerca, el que se hace presente, el que sale al encuentro del hombre y lo espera. Es Dios el primero que habla, el primero que suplica, aunque su intención va más allá. Busca entrar en un diálogo abierto y sincero con la persona desde su propia realidad. Busca que la persona se abra y confíe en él. Busca que lo descubra y lo acepte y sienta la necesidad de él.

Cristo está cansado y pide un poco de agua, de esa agua que brota del pozo. No tiene con que sacarla y quiere calmar su sed.

La samaritana, más tarde, pedirá el agua que brota del corazón de Cristo. Ella ha descubierto que también tiene sed.

El Evangelio no nos dice si la samaritana, tirando sus recelos, sus prejuicios religiosos y hasta sus odios, sacó agua del pozo y le dio a beber a Jesús. Lo que sí nos dice es que ella sí sintió sed de esa Agua Viva, que la pidió y la recibió de manos de Jesús.

Lo que sí nos dice el Evangelio es que esa Agua la purificó, le hizo descubrir su vida, le limpió el corazón y descubrió en Cristo el agua verdadera para su sed de mujer. Al final se dejó ganar por Cristo.

Y, una vez más esta mujer, como más tarde lo hará María Magdalena después de su encuentro con Cristo resucitado, correrá veloz a su comunidad para comunicarles todo lo que ha dicho el Señor, todo lo que ha sentido en su corazón y animarles a que se pongan en camino, vayan a su encuentro, lo escuchen y se dejen transformar por Él.

Todo encuentro con Jesús, si es verdadero no sólo nos llevará a aceptarlo como a nuestro Salvador sino, también, a ser sus testigos.

El pueblo de Israel por el desierto rumbo a la tierra prometida, manifiesta su "sed" de Dios: "El pueblo torturado por la sed, murmuró contra Moisés" (Ex. 17:3), y Dios los bendice con el agua que será el símbolo de la efusión de su Espíritu, fuente de la verdadera Vida (Ex. 17: 3,7). La "Samaritana" es llevada en el diálogo con Jesús a manifestar su desesperada sed de Dios revelado, ahora, en Jesucristo: "El que beba del agua que yo le daré, se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: Señor, dame esa agua; así ya no tendré más sed" (Jn 4:14,15).

Los judíos odiaban a los samaritanos. Por otra parte era muy mal visto entablar conversación con una mujer en un lugar público. Jesús superando los prejuicios de raza y conveniencias sociales, empieza a conversar con la samaritana. En la persona de esta mujer acoge a la gente común de Palestina. Es verdad que no era judía, sino samaritana, es decir, que era de una provincia diferente con una religión rival de la de los judíos. Por tanto samaritanos como judíos creían en la promesa de Dios y esperaban un salvador. 

Primera inquietud de la mujer: calmar su sed. Los antepasados del pueblo judío andaban errantes con sus rebaños de una fuente a otra. Los más famosos (tal como Jacob) habían cavado pozos en torno a los cuales el desierto empezaba a vivir. Así son los hombres: buscan por todas partes algo para calmar su sed, y están condenados a no encontrar más que aguas dormidas o hacerse estanques agrietados. Jesús, en cambio, trae el agua viva, que es el don de Dios a sus hijos y que significa el don del Espíritu santo.

Segunda inquietud de la mujer: ¿Dónde está la verdad? Jesús le dice: Tú has tenido cinco maridos …. En esto e4xpresael destino común de la gente del pueblo que ha vivido sirviendo a muchos dueños o maridos y, finalmente, no tienen a quien puedan reconocer por su Señor. Y, para empezar, ¿cuál es la verdadera religión?

Los samaritanos tenían su Biblia, algo diferente  de la de los judíos. Además, ahí mismo, a algunos Kilómetros del pozo de Sicar; estaba su Templo, rival del de Jerusalén. Jesús mantiene que la religión judía es la verdadera: la salvación: la salvación viene de los judíos. En eso no comparte la posición de los que dicen: “Poco importa la Iglesia a la cual pertenecemos, pues Dios es el mismo para todos”. Sin embargo, aún cuando uno tiene la suerte de estar en la religión verdadera, es preciso que llegue al conocimiento espiritual de Dios. El Espíritu, que recibimos de su Hijo, nos hace posible conocerlo y servirlo según la verdad. El Padre busca a tales adoradores que entren en contacto íntimo y personal con él.         

El pueblo de Israel, la samaritana y nosotros somos conducidos por Dios, poco a poco, a comprobar, a experimentar la necesidad de Dios, hasta llegar a la exclamación desesperada, pero llena de esperanza: ¡Señor, dame siempre de esa agua, para que ya nunca tenga sed! Pero antes, el Señor nos deja en libertad de escarmentar en carne propia, que vayamos tomando conciencia de nuestra verdadera necesidad (Dios), y de nuestras falsas necesidades creadas tan sutilmente por la publicidad. Descubrir que el gustar del agua de este "pozo", ya no tendremos necesidad de dirigirnos a otros pozos engañosos para apagar nuestra sed. Dios golpeó la roca en el desierto, y el pueblo bebió agua. Jesús golpeó la roca en el desierto del corazón de la samaritana, y quedó saciada. En esta Cuaresma el Señor sigue excavando en el corazón del cristiano la fuente que le asegura la Vida, porque "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu santo que se nos ha dado" (Rom. 5:5). ¿Será más fácil para el Señor hacer brotar agua de una piedra, que "romper la roca" en que pudiera haberse convertido nuestro corazón?.

Espíritu y verdad. Dios no necesita nuestros rezos, sino la nobleza de nuestro espíritu. El Espíritu de Dios no puede ser comunicado sino aquellos que buscan la verdad y que hacen la verdad en un mundo de mentiras.

Tú tienes la respuesta.